Sábado, Mayo 18
Shadow

El homenaje que Matilde le hizo a Tula, su madre

Abre la puerta a la hora exacta en que hizo la cita, mira el reloj negro de su muñeca derecha y sonríe porque ella es puntual. Matilde Casazola Mendoza sólo es pequeña en estatura. La ceguera parcial no le impide mostrar el camino por el cual hay que andar. Es una excelente anfitriona que no descuida a sus visitas.

Matilde delineó su vida desde los ocho años, cuando declamó sus primeros versos e interpretó sus primeras canciones. En todo siempre estuvo su mamá. La literatura, la poesía y la música fueron artes que la mamá de esta artista cultivó porque también tenía esos sueños. “Ella era feliz con mis logros porque me decía: ‘Lo que haces es como yo hubiera querido’”, recuerda Matilde.

De la mano de su madre ahora ella desanda su vida esperando volver a sus brazos. Recuperar los textos de doña Tula del olvido es su legado, el ramo de flores con pétalos de palabras que Matilde le regala y envía desde acá hasta el más allá.

$!Una imagen de antaño, en sepia, de la artista con su guitarra.

La artista que inspira

Matilde, bautizada como Pocha por su entorno, nació el 19 de enero de 1943 en Sucre, vivió rodeada de libros, música, poemas y rebeldía. Su abuelo fue el historiador y médico Jaime Mendoza, autor de Macizo Boliviano. Tula Mendoza Loza, hija de Jaime, se casó con Juan Casazola Ugarte y juntos tuvieron a Gabriela y Matilde. Era una familia que amaba el arte y la música, en tanto que la poesía formaba parte de sus días. Su tío, el periodista y bibliógrafo Gunnar Mendoza, fue otra de sus inspiraciones.

A sus once años, Matilde obtuvo su primer premio en los Juegos Florales Infantiles de la Ciudad de Sucre. De ahí en más su vitrina crecería tanto hasta llegar a los cielos donde vuelan los cóndores. El Cóndor de los Andes, ave que aparece en el escudo boliviano, es la máxima distinción que alguien puede recibir en el país. Ella tuvo ese reconocimiento como iniciativa del cantautor Willy Claure.

$!La artista en la entrega del Cóndor de Los Andes, en septiembre de 2022.

“El Cóndor de los Andes estaba ahí tranquilo y un día me llamó Willy Claure. ‘Matilde, te quiero preguntar si alguna vez has recibido el Cóndor de los Andes’. ‘No, no he recibido jamás’, respondí. Y él me dijo ‘pues tú lo mereces, Matilde, yo voy a pedir que te den’”, recuerda. La adhesión de la gente conmovió a Matilde y, aunque hubo que reunir decenas de documentos como prueba de su legado, al final su arte pudo ser reconocido. Ella no deja de crear, pero tampoco de celebrar a otros artistas de éste y de otros tiempos.

Como el cóndor, vuela en círculos y retorna a su niñez. Cuenta que hay amores que son para siempre; por ejemplo, ella hasta hoy admira al chileno Pablo Neruda con su libro 20 poemas de amor y una canción desesperada, del que rescata un fragmento: “Hemos perdido aún este crepúsculo. Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas mientras la noche azul caía sobre el mundo. He visto desde mi ventana la fiesta del poniente en los cerros lejanos…”.

Si la rutina, las tareas y el estrés se acercan, ella recuerda estas líneas del poema y suelta: “A veces yo me acuerdo por las prisas del día y me doy cuenta de que ya se había hecho de noche y que no pude llegar a ver las luces del atardecer que siempre me han gustado tanto y entonces digo ‘hemos perdido este crepúsculo’. Eso tiene la poesía, es de una utilidad extraordinaria. No se vende como el dinero, porque nosotros generalmente valoramos lo que cuesta una cosa; en cambio, la poesía se da como con las flores o las estrellas que son gratis”.

Casazola pasó una niñez arropada por un manto de cariño y ella misma lo define así. Su familia estuvo de su lado desde siempre; por ejemplo, ella era zurda en una época en la cual escribir con la mano izquierda era casi un pecado. Estuvieron cerca de expulsarla del colegio de monjas donde estudiaba, junto con su hermana y antes de que eso pase sus padres decidieron cambiarlas a otra unidad educativa.

$!Matilde interpreta una canción de su reciente repertorio.

Cuna de letras, manto de cariño

“Qué lindo, ¿es del abuelo?”, le preguntó su primo cuando Matilde Casazola, de ocho años, terminó de declamar. “Mi abuelo Jaime Mendoza era un gran escritor, pero ese poema era de mi autoría. Necesitaba sacar lo que tenía en mí y me quedé tranquila cuando mi primo dijo que le gustó. Entonces no dejé de componer”, cuenta la artista que llegó a La Paz por unos días y se sacó un espacio en su agenda para hablar con Página Siete.

“El cariño te protege como una capa y entonces sales, te va soltando y te acuerdas de ese cariño de esa infancia y sales mejor persona. Cuando te falta eso por motivos que pueden ser la miseria, la injusticia, tantas cosas que pasan en la sociedad, entonces el niño desde el principio se siente desprotegido y lógicamente se va defendiendo y no ve al mundo como algo bueno, como algo que es vivible, sino como un enemigo y entonces busca armas para defenderse de ese enemigo invisible”, explica la artista que se define como una mujer muy fecunda. No tuvo hijos, pero sí nueve discos y una veintena de libros.

El teléfono celular interrumpe el diálogo. Su sobrino, el poeta Gabriel Chávez, le ha mandado audios en los cuales busca saber cómo le está yendo en la ciudad de La Paz. Ella responde en un corto mensaje de WhatsApp. No es mujer de redes sociales, pero acude al Google alguna vez.

Gabriel y Matilde tienen un nexo de cariño y versos. Él la ayudó a publicar el homenaje a su madre, Tula. “Hemos sacado un libro de poesía, Páginas de Ayer se llama, que era uno de los títulos que mi mamá eligió para un libro inédito con fotos también de ella. Resultó un ejemplar muy bonito”. Suspira: “Desde donde ella está debe estar feliz de que nosotros hubiéramos hecho lo posible para que no se borren sus poemas, para que queden ahí, para que todos la puedan conocer”.

Se queda con Tula por un momento, por la vida eterna. Relata: “Hubo épocas en las que yo no lograba hacer esa comunión con la gente, pero siempre ha habido personas que han captado y una de esas es mi madre. Ha sido una persona que siempre me ha apoyado en mi vocación, y si hubiera existido sólo para que a ella le llene y le emocione lo que yo hacía, lo hubiera hecho igual porque yo sentía que ella era auténtica en su admiración. Quizás porque ella no pudo realizarse totalmente porque escribía también poesía y era música, entonces de alguna manera se realizaba cuando sabía que yo estaba publicando un libro o cantando, haciendo un recital”.

Tula, como muchas, cuando se convirtió en madre dejó sus sueños por otras ilusiones a quienes llamó hijas. La madre de la poeta nació en Uncía el 28 de diciembre de 1909. De niña sus padres la llevaron a Sucre y se quedó a vivir en la tierra de su padre. Le gustaba el piano, la guitarra y trazar versos. Antes de cumplir 25 años ya había logrado dos premios de poesía; pero nunca vio impresa su obra.

Es entonces cuando Matilde le hace el sueño realidad y publica Páginas de Ayer. Cómo no hacerlo si ella lo dio todo por sus hijas. Matilde recuerda cómo la escuchaba. “A veces estaba componiendo canciones y me decía ‘que linda ésa, ¿por favor me la puedes volver a cantar?’, entonces todo eso ha sido un alimento maravilloso para mí”.

En su lógica, y la que aprendió de Tula, el arte es otro envoltorio del cariño. “Una puede oír una canción hermosa y refugiarse en la música, en la letra de esa canción, tararearla, hacerla suya o una puede encontrar en una hoja de papel un poema, un libro que alguien le ha prestado o ha encontrado en una biblioteca y lo empieza a leer y ve que no está sola en el mundo y ve que hay otras personas que sienten como ella y que lo expresan así, a través de palabras. Entonces sin pensar, ella misma se defiende con eso, muestra por qué está en el mundo y después lo comparte con más personas y sienten esa influencia benéfica y siempre es sanador el arte, indudablemente”.

$!La cantante y poeta Matilde Casazola durante una premiación anterior.

Arte inagotable

Estos últimos años, Matilde fue rescatando canciones inéditas de muchos, diferentes momentos y periodos de su vida. Explica: “Algunas son quizá de las primeras que escribí y otras de otras circunstancias que por algún motivo no las he grabado todavía. Entonces he ido escogiendo de toda esta gama. En realidad tengo esa fortuna de tener mucha fecundidad en el arte. He ido escogiendo alguna temática, tengo por ejemplo dos poemas musicalizados, voy a grabar las dos primeras canciones que escribí, diríamos ya completas y que nunca las grabé, más o menos deben corresponder a los años 70”.

Así como ella inspira, también se mira reflejada en otras mujeres. Confiesa que tiene dos canciones acabadas, una cueca inspirada en Domitila Chungara y una pieza sobre Juana Azurduy de Padilla. También tiene temas que hablan del mar y de la naturaleza.

$!La artista espera estrenar pronto su nueva producción.

Tiene en mente un disco con 14 piezas y ya las tiene almacenadas en el celular de un amigo. Pronto, aún no sabe cuándo, va a registrar las canciones, grabará y después va a sacar un disco. Sí, un disco. “Ya buscaré algún estudio para grabar lo mejor posible y ya después de eso iré sacando las canciones, ya veré como haré. Ahora lo del disco sé que ya no se usa mucho; sin embargo, igual pienso hacer un disco como objeto, como los libros que tampoco se usan mucho, pero están ahí”.

Las manos le pican y decide cantar para Página Siete. Toma la guitarra y confiesa que en sus manos tiembla el papel y Es el árbol de mi nostalgia física y entre mis manos tiembla el papel y de los tiempos dedicados a una soberana que reina en el mundo interior. Y también habla del árbol de la nostalgia. Así, Matilde se muestra íntima y regala sus palabras para con su obra hacer un escudo de amor

Vía: Página Siete

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