Lunes, Mayo 20
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Alfarero tiktoker hace ollas y sigue herencia de su padre en Vilaque

Las ollas de barro, además de tapas, ch’illamis y peroles son la especialidad de los alfareros de Vilaque, una comunidad de Tarata, en el Valle Alto de Cochabamba.

Franz Veizaga es uno de ellos. Tiene 29 años. Se dedica al trabajo con la greda y el barro, un oficio que aprendió desde niño y que heredó de su padre.

También heredó sus cuentas de redes de sociales. Su papá falleció a fines de marzo de este 2023; ahora, Franz está a cargo de la producción de contenido en ‘Alfarero Víctor’. Es tiktoker y comparte material también en plataformas como Facebook.

PASO A PASO EN UNA SEMANA

Desde el preparado de la arcilla hasta el horneado de las ollas pasa una semana.

Cerca de la puerta de la casa de Víctor hay tres promontorios de arcilla. Una es gris, la otra verde y la tercera, amarilla.  Una fue extraída de un sector del camino a Anzaldo, la otra es de Tarata y la tercera, de la misma zona de Vilaque. La extracción de este material se realiza cada uno o dos meses.

Se utiliza las tres. Se juntan en una misma masa para la fabricación de las ollas.

“Lo acomodamos y con eso empezamos a elaborar”.

El domicilio de la familia Veizaga está dispuesto con distintas áreas para el trabajo de la alfarería.

Hacer ollas podría resultar más dificultoso que fabricar otro tipo de utensilios.

“Es más moroso, es más complicado, es para más dedicación y para mucha paciencia, porque tiene un proceso más largo en comparación con las macetas, los platos (…). Tiene un proceso más largo”.

La arcilla se traslada al “cajón”, que es una especie de piscina pequeña hecha con piedra en el suelo. Ahí, se remoja y, al día siguiente, se comienza a pisar para que se integre.

A la masa con los tres tipos de arcilla, se le agrega piedra menuda.

“Traemos la piedra menuda lavada del río. Es de un solo tamaño. Eso es para que no se reviente (la olla) y para que resista al fuego también”.

Desde dentro del cajón, Franz trabaja preparando la masa en una de las orillas. Es como hacer pan. Se requiere fuerza y destreza para lograr el punto correcto.

Todo el trabajo es manual, porque “el guante perjudica”.

Luego, la masa se va trasladando de a pequeñas cantidades al torno que, en la casa de Franz, está instalado en una esquina cerca del cajón.

Un phullu (frazada de colores tejida a mano) se acomoda sobre las tablas de madera encima para hacer sombra en el área de trabajo.

El torno necesita impulso de un pie para girar y la habilidad de las manos para moldear el barro. Entre los dedos meñique, pulgar y anular, principalmente, Franz le da forma a las ollas.

Cuando las formas salen del torno, se trasladan sobre unas tablas dispuestas en el patio para que sequen.

Tras unos 20 minutos, se colocan las orejas.

“Al día siguiente, a partir de las cuatro de la mañana, aproximadamente, empezamos a sacar lo que es el excedente de las ollas, la greda excedentaria”.

Después, se debe esperar entres dos o tres días para el secado.

Al día, con un trabajo esforzado, podrían llegan a hacer alrededor de 120 ollas.

Este material seca bajo techo en un ambiente dispuesto del otro lado del patio en la casa de Franz.

Cuando tienen más tiempo, en las madrugadas o en las tardes, incluso buscan la leña para el horno en los cerros. En otros casos, la leña de eucalipto llega en camiones.

Los hornos, construidos de barro en un espacio abierto, tienen dos niveles. Abajo se acomoda la leña y cuando queda en ceniza, la misma se extrae con una pala parecida a la que utilizan los panificadores para acomodar los panes dentro el horno.

En la parte superior, se apilan las ollas secas para su cocción, por decenas, una sobre otra.

Entre los dos niveles del horno existen orificios por donde pasa el calor del fuego

Una vez horneadas las ollas, se sacan del horno y se acomodan afuera. Ya están listas.

Por lo general, la venta es por mayor.

El tiktoker muestra una olla y un ch’illami antes de llevarlos al horno. / DICO SOLÍS
El tiktoker muestra una olla y un ch’illami antes de llevarlos al horno. / DICO SOLÍS

LA COMUNIDAD

En Vilaque hay entre 70 y 80 familias que se dedican a la alfarería.

“También tienen sus hijos que a futuro van a continuar heredando la actividad. Pero, hay varios que también se van al exterior por el tema económico, porque no hay apoyo y les va mal”, expresa, haciendo referencia a una migración inevitable en algunas familias.

Sin embargo, exhorta a no perder la tradición de las familias de la zona, lo que por décadas ha sido el sustento.

“No hay que perder lo que sabemos hacer. Es una profesión que nos heredan nuestros antepasados”.

Resalta las bondades de cocinar en ollas de barro.

“Esto está fabricado, hecho aquí, en nuestro país. Además, es natural. Está hecho de greda, de arcilla, o sea, es natural y no debería de perderse (…). La olla de barro, además, aporta al sabor (de la comida). Ya con la práctica, puede uno ver la diferencia entre la olla de aluminio y la olla de barro. El sabor es más más rico y especial”.

El torno en pleno funcionamiento dándole forma a una olla. / DICO SOLÍS
El torno en pleno funcionamiento dándole forma a una olla. / DICO SOLÍS

‘ALFARERO VÍCTOR’

Una forma de promocionar la actividad en la actualidad es el uso de las redes sociales.

La idea con la cuenta de ‘Alfarero Víctor’ era dar a conocer la actividad de su padre. Existen videos en los que don Víctor mostraba cómo se hacen las ollas de barro. Pero, el murió hace seis meses.

Entonces, Franz es ahora quien produce el material audiovisual y actualiza contenido en esas redes sociales.

“Nos está yendo excelente, más que excelente con lo que es ‘Alfarero Víctor’. Le estuvimos ayudando a mi padre (…). Ahora, estamos siguiendo, como hijos”.

Las redes sociales le abrieron puertas, recibe invitaciones a distintas ferias y otras actividades.

El material que difunde incluye la producción de las ollas de barro. Pero, también muestra la preparación de alimentos.

“Realizó lo que es la en la cocina a gas, a k’oncha (cocina artesanal hecha también de barro). Estoy elaborando comidas ancestrales, ya sea patas, lawas, toda la tradición, todo preparo. Utilizo ollas de barro, peroles para ver cuan resistentes son para que la gente vea como resiste al fuego de k’onchita, de gas, como también al horno”, describe.

Expresa que a la gente le llama mucho la atención las publicaciones, en especial cuando muestra la alfarería.

Franz se muestra dedicado y satisfecho con el oficio que tiene. Y, si en algún momento lo necesita, también utiliza los otros oficios que aprendió, como la peluquería, por lo que ni él ni sus hijos requieren que otra persona les haga los cortes de cabello. Además, aprendió electricidad.

Charo Martínez y Franz Veizaga trabajando en el horno. / DICO SOLÍS
Charo Martínez y Franz Veizaga trabajando en el horno. / DICO SOLÍS

El torno para los hombres y las ‘orejas’ para las mujeres

Como en las actividades económicas de grupo, cada miembro de la familia tiene tareas específicas.

En la comunidad, no existen mujeres alfareras; es decir, que no manipulan el torno. Franz, dejando en claro que para nada esto está relacionado con el machismo, explica que tiene que ver con la fuerza física.

Los hombres están a cargo de la alfarería como tal. Son los responsables del amasado de las arcillas para lo que requieren la fuerza de sus brazos. Además son quienes manipulan el torno mientras, al mismo tiempo, le dan forma a las ollas de distintos tamaños, ch’illamis, tapas y demás.

Las mujeres tienen otras funciones.

En esta familia intervienen la mamá de Franz, Leandra Iriarte, y también su esposa, Charo Martínez.

La mamá de Franz es la encargada de colocar las orejas a las ollas. Para eso no existen moldes, sino la precisión de los dedos para que salgan perfectas y prácticamente iguales en dimensiones. Trabaja en cuclillas, frente a las formas que minutos antes salieron del torno.

Charo, por su lado, está más a cargo de la cocina en la casa, mientras todos aportan en la actividad.

Ellos tienen dos hijos, uno de ocho y otro de tres años. Franz manifiesta que aún son muy pequeños para amasar.

Lo más común es que los niños, a modo de juego, aprendan primero a amasar. Él aprendió a los nueve años.

“Yo he aprendido mirando y mi padre siempre me enseñó, claro. Aquí, en las familias uno empieza a hacer las ollas. El niño que va creciendo, empieza a preparar la masa, ve lo que hace su padre. Yo igual les voy a enseñar a mis hijos, cuando tengan 10, 12 años. por ahora, son chicos. Tampoco les quiero presionar”, explica mientras el menor de sus niños juega cerca de él.

En las familias de los alfareros, los más pequeños, aunque aún no pueden hacer trabajo pesado, buscan apoyar a sus papás trasladando las ollas de un lado a otro.

“Los chicos van llevando al cuarto a medida que va endurando”.

La herencia que este alfarero asegura es de sus antepasados es la que quiere que continúe en el futuro para que las ollas, ch’illamis y otros continúen horneándose por decenas.

Leandra Iriarte coloca orejas a las ollas de barro. / DICO SOLÍS
Leandra Iriarte coloca orejas a las ollas de barro. / DICO SOLÍS

Vía: OPINIÓN

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