Viernes, Junio 21
Shadow

Ninguna canta como canta Mama Encarna

¿Quién no ha cantado (y bailado) cuecas tan hermosas como Palomitay o Urpi? ¿Cuántos saben/sabemos que esas letras y esas melodías fueron inventadas por Encarnación Lazarte Zurita? Mama Encarna, la “Cholita del Valle”, como era conocida en los 60, tiene hoy 85 años (en marzo cumple 86) y apenas ha visto unos pesos por derechos de autor. La disquera que la lanzó a la fama, Lauro y Cía, de Laureano Rojas Alcócer, le pagaba con cassettes, vinilos, CD y videos que ella vendía en fiestas y mercados. “Don Lauro”, como era conocido, prometió sueldo pero no cumplió. Cuando los discos se terminaban, tenía que comprar sus propias canciones para revender. No sabe —aún hoy en día— cuantos miles y miles ha vendido de los 35 discos que grabó para Lauro y Cía entre 1965 y 2016. Aun así, no guarda rencor. Eligió olvidar para seguir cantando. Lleva 60 años haciéndolo.

Encarnación no sabe leer ni escribir, es (todavía hoy) una mujer campesina del Valle Alto de Cochabamba que vive de la venta de quesillo. La “cholita clizeña” inventaba melodías y letras en su cabeza, mientras pastoreaba ovejas y vacas, mientras cosechaba maíz, alfalfa, cebada y trigo, mientras paseaba a su burrito, comiendo mote y tostado. Luego cantaba de memoria esas canciones y las grababa. Muchas se han perdido. “Ñuqaqta cuecas achka karqa, manaña yuyanichu” (Tenía muchas cuecas, ya no me las sé), cuenta Encarnación Lazarte en el ensayo biográfico de Tania Suárez Sánchez, publicado en diciembre por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.

Mama encarna canta acompañada por el acordeón.

El talento, su voz poética, su imaginación son innatas. Todos se aprovecharon, menos ella. Los Kjarkas, los Amaru, Willy Claure, los Sol de América y tantos otros grabaron sus canciones; muchos —no todos— ignoraron a propósito el origen de esas cuecas (y coplas) que todos cantamos y bailamos. Estamos en deuda con Mama Encarna.

Encarnación Lazarte Zurita nace el 27 de marzo de 1938 en Porvenir (Cliza), provincia Germán Jordán, Cochabamba. Su padre —Emeterio Lazarte— y su madre —María Zurita— trabajan como pongos en la hacienda de Agustín Villegas. Es la hija mayor de diez hermanos (Valentín, Sebastián, Máxima, Severina y Fructuoso son los que sobreviven). No irá a la escuela, tiene que ayudar en la casa, a sus padres, a sus hermanos.

Sabe caminar hasta Colomi y Sacaba, sube el cerro Tuti (en San Benito) para llegar y hacer trueque. Duerme en el camino a punta de hervida “papa wayk’u”. Lleva maíz y arrope para conseguir papa, tomate y maní. “Mi papá trabajaba para la hacienda durante el día y en la noche cosechaba maíz, papa, cortaba alfalfa. El patrón venía y se llevaba la mitad, no solo de nosotros, de todos los trabajadores”, dice Encarnación Lazarte en la citada biografía de Tania Suárez Sánchez.

Mama Encarna canta una copla.

Desde wawita comienza a cantar a la Madre Tierra, a sus productos, a sus ciclos.

Lo hace escuchando a su madre María que cocina cantando. En la radio suenan bailecitos de tierra, cuecas, carnavalitos, boleros y pasacalles. Canta (siempre) en quechua pues no sabe hablar (ni nunca sabrá) castellano. En su lengua materna, no se puede cantar en la plaza principal de Cochabamba. “Mucho menos podía hacerlo una mujer de pollera, todos podían pero los campesinos no, éramos discriminados”, cuenta Celima Torrico Rojas, coplera/cantautora en el mencionado libro.

El padre de Encarna no quería que cantara. Los hijos varones sí podían tocar instrumento o cantar si tenían capacidad, pero con las hijas era otra cosa. “Mi papá no quería que cante cuando era jovencita y caminaba cantando. ¡Qué es eso!, las mujeres no cantan, es una vergüenza, me decía. Y mi mamá respondía: ¡que cante, pues, qué te hace!”. Y así —a finales de los años 50— comienza a entonar coplas y cuecas en festejos familiares, junto a madre y abuela.

(“Imallachus ñuqa kani, / takillani tusullani. / Takisqaywan tususqaywan / runatapis rimachini. / Yuraq mayu, muyu suq’a / solteraspaqmá gutuqa. / Duraznuta plantarqani / misk’ichá puqunqa nispa. / ñuqa payta munasqani / firmechá sayanqa nispa. / Yuraq mayu, muy suq’a / solteraspaqmá gutuqa. No sé qué soy yo / solo canto, solo bailo. / Con lo que canto y bailo / provoco habladurías en la gente. / Río blanco, redonda mazorca de maíz / para las solteras es el gusto. / Yo había plantado durazno / pensando que maduraría dulce. / Yo a él lo había querido / pensando que no me traicionaría. / Río blanco, redonda mazorca de maíz / para las solteras es el gusto”). 

Archivo personal de romel gutiérrez terrazas

En 1963, Francisco Sosa, el director artístico de la compañía discográfica Lauro y Cía, graba de forma casera a Encarna Lazarte y sus amigas/vecinas de comunidad junto al acordeón de Ananías Rocha. Lo hace durante la festividad de Santa Vera Cruz, en honor al “Tatala”, en mayo, en el Kilómetro 7 de la carretera antigua a Santa Cruz. Son coplas cochabambinas. Vienen del “wawaki” (poemas populares dialogados, en contrapunto, en “takipayanaku”); vienen de la “qhaswa” (cantos y danzas de la alegría). Ese dos de mayo del 63 cambia la vida de Encarnación Lazarte Zurita. La grabación de “Panchito” Sosa —humorista quechua y compositor de cuecas como Calzón de seda— llega a oídos del jefe.

“Don Lauro” queda prendido y se pone manos a la obra. Coloca anuncios por todo lado, principalmente en Radio Tunari. Objetivo/operativo: encontrar a esa mujer de 26 años que deslumbra por su falsete, su voz aguda y su talento a la hora de componer, improvisando. Recompensa había: 200 bolivianos. “Y para quien cantara, eran 400”, recuerda doña Encarnación.

La misión es el cuento de Cenicienta en estado puro. Su acordeonista Ananías Rocha escucha el anuncio —y al no aparecer ella— lleva a su hermana. Pero la hermana no canta como Encarna. Aparecen otras mujeres, como Julieta Vocal, pero ninguna canta como Encarna.

Cuando —por fin— la encuentra, va directo al estudio. El micrófono intimida y Encarnación se asusta. Pero pronto, vence el miedo, como ha hecho toda su vida. Las letras salen de repente, se las sabe de memoria. Así llega el primer disco. Y así se convierte rápidamente en “artista exclusiva” de Lauro y Cía. Laureano Rojas —fallecido en noviembre de 2019— la lanza/anuncia como la “primera coplera” de Bolivia. Ella y la olvidada Prima Romero, la “Pocoateña del Norte Potosí”, se van a cansar de vender discos para “don Lauro”.

Mama Encarna en un homenaje en su honor.
Mama Encarna en un homenaje en su honor.

Encarnación no firmará contrato alguno: solo el primero por cuatro años, el mismo que la ata para (casi) toda la vida con Lauro y Cía. Cuando reclama, el dueño de la disquera responde: “Yo te he enseñado, por mí estás cantando”. No podrá nunca trabajar/grabar para Discolandia, Campo, Villavicencio, Saeta o Álvarez, las disqueras en auge de época. Solo en estos últimos años grabará para CG, Javier Récords y JF Récords de Cochabamba y Arispe Récords de Punata. Será miembro de Sobodaycom (Sociedad Boliviana de Autores y Compositores), pero recibirá migajas.

“Encarnación Lazarte grabó muchos discos, recorrió ciudades y lugares importantes del país y las radios difundieron ampliamente su música. Sin embargo, los beneficios económicos para ella fueron menores. Nunca pudo vivir de su arte”, dice Tania, su biógrafa, quien escribiera en 2004 su tesis de licenciatura Coplas y sociedad: la encarnación de lo popular en el verso valluno.

En 1966, gana el Festival Lauro de la Canción Boliviana y se alza con el premio “A la mejor canción boliviana”. Un año antes había salido a la venta su primer disco, un EP (“Extended Play”) con Chunquituy Palomitay, como “hit”.

(“Imanasaq ñiwankitaq / chunquituy, palomitay / chakiy, makiy watasqata / por que me has pagado mal. / Kachariway, phashkaraway / chunquituy, palomitay / ripusaq munasqaypata / por que me has pagado mal. / Palomitay chinkaptinri / chunquituy, palomitay / ¿erastachu mask’amusaq? / por que me has pagado mal. / Mana eraspi tarispa / chunqituy palomitay / ¿waqaspachu kutimusaq? / por que me has pagado mal. Qué haré, me dijiste / mi amorcito, mi palomita / con mis pies y mis manos atados / por que me has pagado mal. / Suéltame, desátame / mi amorcito, mi palomita. / Me iré donde mi amado / por que me has pagado mal. / Cuando se pierda mi palomita / mi amorcito, mi palomita. / ¿en las eras, la buscaré? / por que me has pagado mal. / Cuando en las eras no la encuentre / mi amorcito, mi palomita / ¿llorando regresaré? / por que me has pagado mal”).

Con su nieto en el acordeón.
Con su nieto en el acordeón.

Los tocadiscos portátiles (los legendarios “pick up”) no paran de pinchar sus temas en ferias y festividades religiosas. Sus coplas marcan el calendario agrícola: de carnavales a Pascua; de la fiesta de la “chakana” en Santa Vera Cruz “Tatala” a la fiesta de Espíritu; de Todos Santos a San Andrés cuando suenan las coplas de las “wallunk’as” y el famoso Por vos, viditay. La banda sonora de los festejos es obra y gracia de la “Cholita del Valle”: cuecas, coplas, huayños. Siempre en tonos altos.

Pronto arrancan las giras, organizadas por Raúl Cardona: de Llallagua a Siglo XX, de Potosí a Villazón y La Paz, del Valle Alto a Oruro. La acompañan Ananías Rocha en el acordeón, Pancho Sosa en la guitarra, Cosme Lazarte en el bajo y un charanguista. “Traje del exterior a artistas como la argentina Libertad Lamarque o la mexicana Rosita Quintana, pero con ninguna lograba lo que recaudaba con la cholita de Cliza”, recuerda el propio Cardona en el libro de Tania Suárez Sánchez.

Al teatro principal de Potosí llega entonces Encarna con su pollera y corazón noble, su sombrero, su “tullma” y sus largas y lindas trenzas. El señor que cuida la entrada le prohíbe el paso. “Takiynin jamushkani”, dice orgullosa en quechua. Vengo a cantar, diciendo. El hombre no va a creer. Incluso la quiere tomar presa. Solo cuando ve el afiche y los discos, solo cuando interceden los productores, puede pasar Mama Encarna al teatro. Y con ella, su pollera.

Y su sombrero, y su “tullma” y sus trenzas, dignas y orgullosas.

En el valle, la mujer manda. Y manda, cantando. Los hombres se suman a la fiesta y lo hacen impostando la voz de las mujeres; obedecen acompañando con acordeón, charango, guitarra, silbidos y farra.

Los viajes vuelven famosa a doña Encarnación. Hasta tal punto que su marido, Ángel Ochoa Ledezma (con quien tendrá tres hijos: Teresa, Pedro y Hortensia) se enoja. Hay peleas y golpes. Y amenazas para que no salga de gira, para que no cante nunca más. “Pichuykiman clavakunka, t’uqsikunqa chay aguja, imapaq takinki, t’uqsisunqa, niq karqanku runakunaqa. Unqunki pulmonniykikunamanta chaymanta t’uqsikunqa” (A tu pecho se va a clavar esa aguja, el micrófono, para qué cantas, te va a apuñalar, te vas a enfermar de los pulmones, ahí se va a clavar).

Así les pasará a las Hermanas Velasco (Leonarda y Alberta), que dejarán de actuar por imposición de sus maridos. Eso no ocurrirá con Encarnación Lazarte Zurita. Sus “hits” como Albarillu sach’a, Torcaza palomita y Chunkituy Palomitay no paran de sonar. Y Encarna no para(rá) de cantar. Aunque no quieran algunos, aunque la aguja se clave en sus pulmones.

(“Urpi ama waqaychu / sach’api sonqonanayta, palomitay. / Qhawamuwan qhawasqayki /ñawillaywan señasqayki. / Pitaq maytaq juchayuy. / Sonqallaykitaq juchayuq, palomitay. / waqkunasta munakuspa / noqata despreciawaspa. Paloma, no llores / en el árbol, con dolor en el corazón, mi palomita. / Mírame, yo también te voy a mirar, con mis ojos te haré señas. / ¿Quién tiene la culpa? Tu corazón nomás tiene la culpa, mi palomita. / Queriendo a otros / despreciándome a mí”).

El estilo inconfundible de Encarna Lazarte va a impregnar el mundo de la copla y la cueca. No gusta de usar “frases sucias”, como ella dice. La burla, la sátira y el sarcasmo tienen otros caminos. La crítica social, también. Mama Encarna prefiere la sutileza, el humor, la picaresca. “Se entiende lo que digo, sin necesidad de decirlo, mirando al contrincante”, le confiesa a Tania, para quien Encarna es la portavoz social del pueblo. “Con sus coplas, cuecas y huayños, se convierte en vocera de quienes no pueden manifestar su descontento. Ella, así como las demás copleras, especialmente las que componen, cuestionan y protestan, a través de sus letras”, dice Suárez.

(“Takirichikuway, / Tusurichikuway, / t’ikitata jina / phancharichikuway. / Rosas ulincate / phancharichikuway. / Rosas ulincate, phancharichikuway. Déjeme cantar / déjame bailar / como a la florcita. / Déjame madurar./ Rosas ulincate. / Déjame madurar”).

Encarnacion no solo critica, también retrata. Su mundo, sus lugares. Uno de ellos el célebre “Chernobyl”, restaurante de Quillacollo donde en noviembre se celebra un festival de coplas y de “wallunk’a”. Los versos de Mama Encarna inmortalizarán el boliche para siempre: “Ñuqa jamuchkani, ay palomitay / Chernobylman nispa, por vos viditay / Chernobyl wasipi, ay palomitay / ñuqay triunfarisaq, por vos viditay”. Y sí, Encarna es la cholita que triunfó (hasta) en “Chernobyl”.

En los 90, la “Jatun mama”, como la llama Celima Torrico Rojas, es olvidada. Aunque sus temas siguen sonando. Walter Sánchez Canedo, junto a Franklin Anaya y Yayo Iriarte son jurados del premio “Teófilo Vargas” de la alcaldía de Cochabamba. Buscan candidaturas. Quieren dar el premio a Mama Encarna pero no saben dónde encontrarla. La historia se repite. Tardarán un mes en dar con ella. Van de pueblo en pueblo preguntado por todo el Valle Alto. En 1994 llegará el primer galardón de muchos que ha recibido en los últimos años. Recibe la estatuilla al “Mérito Artístico Musical y Dedicación a la Difusión de la Música Campesina”. La segunda edad de oro de Encarna está por empezar. Y verá incluso cómo su nieto, Ángel Gabriel Soria Ochoa, la acompaña con su pequeño acordeón.

(“Palomita, maykunata purichkanki / ¿maná chay purisqaykipi / munasqaywan tinkukunki? / Llakisqata, waqachkaqta / ñuqataqa saqiwanki, palomita / ¿maná chay sunquyki nanan / chhika munasqaykimanta? Palomita, por qué caminos andas / ¿Acaso en esas caminatas no te encontraste con mi amor? / Sufriendo, llorando / a mí me dejaste, palomita. ¿Acaso no te duele tu corazón / de lo mucho que amaste?”).

Encarnación Lazarte Zurita es una mujer adelantada a su tiempo. Una pionera, una revolucionaria, floreciendo corazones. Es un icono de la música valluna. Es una leyenda viva. No solo fue la primera cantautora rural y la primera mujer quechua en grabar discos, sus coplas/cuecas improvisadas y sus “peleas de gallo” con los hombres en falsete son la prehistoria del rap. Nadie cantará mejor sus canciones que ella, porque nadie las soñó con la imaginación, nadie las guardó en el corazón. Ninguna canta como canta Mama Encarna.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo Herreras, Tania Suárez Sánchez, Romel Gutiérrez Terrazas y Libro ‘Encarnación Lazarte Zurita: Ensayo Biográfico’, de Tania Suárez Sánchez

Vía: La Razón

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